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Experiencias de una docente adventista VI

Por María Amalia Melillo de Herbez

Compartimos una serie de artículos que relatan experiencias vividas por la autora, que trabajó junto con su esposo como docente y directora de instituciones educativas adventistas. Pueden dejar sus comentarios o contactar a la autora directamente por correo electrónico haciendo clic en su nombre. A medida que conocemos estas anécdotas, confirmamos que la Educación Adventista es más que enseñanza.

Idas y vueltas para ampliar las instalaciones

Comenzaron las clases en el Instituto Adventista Mariano Moreno (IAMM). Tenía en mi escritorio una gran lista de espera de potenciales estudiantes para todos los grados, pero no podíamos satisfacer la demanda, por contar con una sola sección de cada grado. El Señor puso en mi corazón la iniciativa de planificar la división del Preescolar y posteriormente de todos los grados del Nivel Primario de nuestra institución. Al año siguiente, con el aval de la Junta Escolar y la dirección de la Asociación Argentina del Norte (AAN), implementamos la segunda división o sección del Preescolar. El IAMM pasó a tener dos turnos: mañana y tarde. En los años subsiguientes, desdoblamos Primero, Segundo y Tercer grados, en los salones ubicados en la primera planta del edificio hasta que agotamos las posibilidades de seguir dividiendo los demás grados, por falta de aulas. Sentíamos el compromiso de ofrecer lugar a todos los niños que no podíamos matricular. Por esa razón, cada año creábamos una lista de espera, con la esperanza de poder satisfacer la demanda.

En septiembre de 1993 notamos que, en la misma manzana del IAMM, sobre la calle Jujuy, había una casa abandonada con un cartel de venta tirado en el piso. Comprobamos que casa por medio daba a los fondos de nuestra escuela. Mi esposo, entonces maestro de Segundo y Cuarto grados, comenzó a hacer las averiguaciones para poder adquirirla. Preguntó a los vecinos, quienes le informaron que un prestamista de la ciudad la tenía hipotecada, pues había prestado dinero a sus dueños. El dueño había fallecido y la casa ahora estaba en sucesión familiar. Cuando mi esposo se entrevistó con el prestamista para manifestarle su intención de compra, éste le manifestó que estaba dispuesto a venderla, pero no podía hacer nada hasta que se completara la sucesión iniciada hacía ya seis meses. José, desalentado, estaba por retirarse cuando comenzó a sonar el teléfono. Al concluir la llamada, el prestamista, sorprendido e impresionado, le dijo:

–Señor, me acaban de avisar que el trámite de la sucesión ha finalizado. ¡La casa es para la escuela adventista! El costo de la propiedad es de 40 mil dólares; pero como es para una escuela, mi inmobiliaria establece 39 mil dólares, a pagar en 3 meses”.

Para asegurar la operación, solicitó una seña de 2 mil dólares. Providencialmente habíamos recibido una donación proveniente de los Estados Unidos, de un ex compañero de estudios, Iván Block, que alcanzó para reservar la propiedad.

A partir de ese día comenzaron a aportar varias personas y la casa se pagó totalmente en 3 meses. La única entrevista que tuvimos con el prestamista, titular de la inmobiliaria que realizó el negocio, fue la del día en que fue mi esposo, con la intención de averiguar qué posibilidades había para ampliar el edificio escolar.

Se hicieron los arreglos necesarios en la nueva propiedad para que en 1994 funcionaran dos aulas: Preescolar y Primer grado. En el edificio escolar se trasladó la Dirección al aula de Preescolar, la antigua Dirección se transformó en depósito, y se reubicaron los demás grados.

Continuará…

María Melillo de Herbez

Docente y directora jubilada de instituciones educativas adventistas.

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