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Experiencias de una docente adventista III

Compartimos una serie de artículos que relatan experiencias vividas por la autora, que trabajó junto con su esposo como docente y directora de instituciones educativas adventistas. Pueden dejar sus comentarios o contactar a la autora directamente por correo electrónico haciendo clic en su nombre.

A medida que conocemos estas anécdotas, confirmamos que la Educación Adventista es más que enseñanza.

 

En Buenos Aires

Llegamos al Instituto Adventista de Morón (IAMO) en marzo de 1984. Mi esposo fue designado director y yo maestra de grado. Nuestro hijo mayor inició su primer año de enseñanza secundaria en el “Instituto Rivadavia” de Castelar, provincia de Buenos Aires, pues el IAMO aún no contaba con Nivel Secundario. En cambio, nuestra hija Silvina asistía a sexto grado del Nivel Primario del IAMO. Tuve el privilegio de ser su maestra.

Apenas nos integramos al trabajo, vimos numerosas falencias en el edificio escolar para el desempeño de las actividades escolares. Carecía de espacio y comodidad para las aulas y no tenía un patio apropiado para la demanda del programa de estudios, que incluye la recreación del alumnado. Mi esposo puso manos a la obra para la adquisición de una propiedad que proporcionara el espacio adecuado para el progreso de la institución. El Contador Jorge Di Prinzio era el presidente de la Junta Escolar, integrada también por Nidia Mulinari de Piro. Mi esposo manifestó la necesidad de ampliación, pero la junta no contaba con dinero ni posibilidades de conseguir el edificio apropiado y deseado por tantos años por la Iglesia Adventista de Morón y las catorce iglesias de donde provenían los alumnos que conformaban la comunidad escolar. A la escuela asistían pocos alumnos que no pertenecían a familias adventistas, por lo que era una verdadera “escuela de iglesia”.

 

Antigua casa sobre el lote adquirido para la ampliación del edificio escolar del IAMO. 1984.

En la misma manzana, justo a la vuelta del IAMO, existía un hotel de baja reputación, y su edificio daba con los fondos de nuestra escuela. Se presentaba muy apropiado para ampliar el predio escolar, aunque no había posibilidades reales de adquirirlo: no estaba a la venta y, por otra parte, no teníamos los fondos necesarios. Concluimos que no había chance de expansión en ese lugar.

Un domingo, mi esposo tomó a Silvina de la mano y juntos comenzaron a recorrer el vecindario, solicitando la dirección de Dios, con la intención de encontrar alguna perspectiva de ampliación del edificio escolar. En su caminata, vieron un terreno lleno de malezas de gran proporción, a una cuadra de la plaza central de Morón. En medio del lote había una casa vieja y abandonada. Mi esposo preguntó a varios vecinos hasta conseguir la dirección del propietario y fue a verlo ese mismo día. El hombre le dijo que la propiedad era una inversión que había decidido realizar durante la época de la guerra de Las Malvinas y no estaba a la venta. Pero si la razón era comprarla para construir una escuela, lo iba a considerar.

A los pocos días, la respuesta final del dueño, luego de una decidida insistencia de mi esposo, fue maravillosa. El propietario dijo:

–No sabía por qué había comprado esta propiedad y no sé por qué ahora la estoy vendiendo, pero así lo haré.

Inmediatamente, se convocó una reunión extraordinaria de la junta escolar para tratar el insólito tema de obtener un predio más apropiado para impartir la educación cristiana. Luego de rogar al Señor por dirección y apoyo, los miembros decidieron hacer el esfuerzo para adquirir la propiedad. La junta directiva de la Iglesia Adventista de Morón también apoyó la decisión. Fue un emprendimiento de fe. La tarea de reunir el importe requerido era un desafío constante. El pastor local, Agustín Silva, se comprometió y motivó a los hermanos a donar dinero y bienes como relojes, joyas y hasta un automóvil.

Finalmente, el terreno fue adquirido. La propiedad tenía las medidas apropiadas para construir una cómoda escuela. Medía 25 metros de frente por 65 metros de fondo. Recuerdo la experiencia de entrar por primera vez a la casa abandonada. Mi pie se hundió sorpresivamente y atravesó los tablones flojos y gastados de aquel piso desvencijado.

La construcción del actual edificio escolar se concretó con mucho sacrificio y profundos esfuerzos de padres y hermanos de las iglesias adventistas de donde provenían los alumnos. Por la gracia de Dios, el IAMO consiguió expandirse. ¡Cómo no agradecer a nuestro Dios! ¡Él proveyó lo que necesitábamos a fin de testificar de su nombre y guiar nuestros niños a su trono!

Las imágenes han sido aportadas por el actual director del IAMO, Rubén Piontek.

Continuará…

 

Galería de imágenes:

 

María Melillo de Herbez

Docente y directora jubilada de instituciones educativas adventistas.

1 Comentario
  • Gloria de Vargas

    1 marzo, 2019 at 10:14 pm

    Qué emocionante es leer tu historia querida amiga!
    Gracias por compartir tus vivencias.
    Abrazos!!

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